El ya en vida muy célebre escritor inglés Charles Dickens (1812-1870), debió ser la excepción a la regla que dice que los escritores necesitan soledad, calma y silencio para concentrarse.
Fué su cuñado quien contó sobre él en una ocasión:
Una
tarde en Doughty Street, la señora Dickens, mi esposa y yo estábamos charlando
de lo divino y lo humano al amor de la lumbre, cuando de repente apareció mi cuñado Dickens. “¿Cómo, vosotros aquí?”, exclamó. “Estupendo, ahora mismo me traigo el
trabajo”.
Poco después reapareció con el manuscrito de Oliver Twist; luego
sin dejar de hablar se sentó a una mesita, nos rogó que siguiéramos con nuestra
charla y reanudó la escritura, muy deprisa.
De vez en cuando intervenía él
también en nuestras bromas, pero sin dejar de mover la pluma. Luego volvía a
sus papeles, con la lengua apretada entre los labios y las cejas trepidantes,
atrapado en medio de los personajes que estaba describiendo.

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