Puede que sucediese así, de forma parecida o de alguna otra manera, pero poco importa, porque aunque inspirada en la realidad, se trata de una novela de ficción. Una obra superventas -lo que en ocasiones no es un punto a favor-, a la vez que ganadora del Premio de la Crítica en la categoría de Narrativa en lengua castellana, novela del año 2017 del Premio Francisco Umbral, Premio Nacional de Narrativa y Premio Dulce Chacón, de modo que alguna atención merece esta extensa e interesante novela ambientada en una localidad rural de la euskadi profunda del País Vasco, donde ETA y la izquierda abertzale impusieron un régimen totalitario de represión durante los llamados "años de plomo" que se alargaron desde el postfranquismo hasta 2011 en que la banda armada anunció el cese de su actividad.
Unos cuarenta años de la vida de dos familias que pasan de ser muy amigas, a estar enfrentadas por "el conflicto".
Unos cuarenta años de la vida de dos familias que pasan de ser muy amigas, a estar enfrentadas por "el conflicto".
125 capítulos breves y un total de 646 páginas, sin orden cronológico, pero perfectamente ensartados por un sutil hilo conductor de naturaleza emocional, y todo ello narrado por un cronista anónimo que escribe en primera persona, pero que nunca se identifica, como tampoco acaba de identificar del todo a las familias protagonistas, pues en ningún momento utiliza ni un solo apellido, sino solo los nombres de pila o motes.
Dos familias "matriarcales" en las que imperan Miren y Bittori, que dominan a los respectivos maridos -"El Chato" o Txato, víctima de un atentado terrorista y Joxian, apocado y sentimental-, así como al total de hijos: cinco, de los que se van desplegando las respectivas biografías a lo largo de un tiempo en que van pasando de la vida del pueblo a la normal de la clase media urbana.
Dos familias "matriarcales" en las que imperan Miren y Bittori, que dominan a los respectivos maridos -"El Chato" o Txato, víctima de un atentado terrorista y Joxian, apocado y sentimental-, así como al total de hijos: cinco, de los que se van desplegando las respectivas biografías a lo largo de un tiempo en que van pasando de la vida del pueblo a la normal de la clase media urbana.
Los hijos del matrimonio de Joxian y Miren, son:
Gorka un estudioso del euskera, escritor sensible, ocupación que termina compaginando con la de locutor. Un joven que aparenta ser víctima propiciatoria del proselitismo directo en ocasiones y en otras encubierto, de la banda armada y sus acólitos, pero hábil para escapar de "las trampas" dialécticas, es primeramente menospreciado, y posteriormente admirado por su hermano Joxe Mari, homófobo, poco inteligente, impetuoso e insensible, se deja llevar por el ambiente y las fáciles consignas, y termina siendo un terrorista y asesino despiadado que marca las trayectorias de ambas familias. En su deriva, cuenta con la comprensión, complicidad y el apoyo incondicional de su madre que se radicaliza a la par que el hijo.
Arantxa, su hermana, es inteligente, sensible y de buenos sentimientos. Marcada por la mala suerte es afectada por un ictus que la convierte en inválida. Desde su papel discreto, me ha resultado el personaje con el que más he podido empatizar, y que más ternura y simpatías me ha producido, y no por su desvalimiento, sino por parecerme la más consecuente y de pensamientos más claros.
Los vástagos del matrimonio de Bittori y Txato, son Xavier, un médico inteligente y práctico que trabaja en San Sebastián. Y su hermana Nerea, aparentemente débil, egoísta, emocional y errática, pero que termina siendo una mujer madura, responsable y equilibrada.
Y alrededor de todos ellos, las dos caras del mundo de la lucha armada, la complicidad basada en la desaparición de valores o el miedo, el sufrimiento de las familias de uno y otro bando, la cruel ocultación de las víctimas, la construcción de una mentalidad de "pueblo elegido y perseguido", el bochornoso papel de la iglesia católica y sus insensibles o despiadados párrocos, en definitiva la diaria y metódica división de una comunidad, de un pueblo, de unas familias, de las personas.
De Patria, El País, por ejemplo, ha dicho: "Van faltando ya adjetivos y adverbios hiperbólicos" para lo que califica como "novelón".
En El Mundo se repite la buena crítica: "No hay ni pizca de exageración en los elogios".
La escritora Elvira Lindo escribe: "Hay que celebrar esta gran obra". Mientras que Vargas Llosa asegura que hace tiempo "que no leía un libro tan persuasivo y conmovedor, tan inteligentemente concebido".
¿Qué más podría añadir yó?
Sólo se me ocurre dejar constancia de que Fernando Aramburu, del que anteriormente había leído Fuegos con limón, Los peces de la amargura, Años lentos y Las letras entornadas, me ha convencido una vez más.
Y alrededor de todos ellos, las dos caras del mundo de la lucha armada, la complicidad basada en la desaparición de valores o el miedo, el sufrimiento de las familias de uno y otro bando, la cruel ocultación de las víctimas, la construcción de una mentalidad de "pueblo elegido y perseguido", el bochornoso papel de la iglesia católica y sus insensibles o despiadados párrocos, en definitiva la diaria y metódica división de una comunidad, de un pueblo, de unas familias, de las personas.
De Patria, El País, por ejemplo, ha dicho: "Van faltando ya adjetivos y adverbios hiperbólicos" para lo que califica como "novelón".
En El Mundo se repite la buena crítica: "No hay ni pizca de exageración en los elogios".
La escritora Elvira Lindo escribe: "Hay que celebrar esta gran obra". Mientras que Vargas Llosa asegura que hace tiempo "que no leía un libro tan persuasivo y conmovedor, tan inteligentemente concebido".
¿Qué más podría añadir yó?
Sólo se me ocurre dejar constancia de que Fernando Aramburu, del que anteriormente había leído Fuegos con limón, Los peces de la amargura, Años lentos y Las letras entornadas, me ha convencido una vez más.

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